Colaboraciones·Relatos

Otro Lukas

¡Hola hola!

Como ya sabéis Lukas es como se llama el primer relato de mi libro y si acabas de llegar, te acabas de enterar. Lukas es un terrorista narcotraficante que le da igual la vida de otros seres humanos, hasta que conoce a Silvia… pero los comienzos entre los dos son duros, crueles, difíciles,… puedes leer el primer capítulo aquí [Lukas].

Pero si ya has leído el relato entero y sabes lo que sucede en el capítulo 4

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Hace años ese capítulo inspiro a un lector que se quiso poner en la piel de Lukas y contarlo con sus palabras. Así que aquí os lo dejo. Peeeeero, avisad@s estáis, si no habéis leído el capítulo 4 es un SPOILER como una casa, jaja! por eso sigue leyendo bajo tú responsabilidad 😉 aunque yo seguiría leyendo, está muy bien.

¡Dios! ¡Qué bien me come la polla!

Es decir me la comía, porque entonces no pensaba. Miraba, ya perdido, la oliva mirada entreabierta de sus ojos claros. Sentía su lengua en cada parte de mi tembloroso cuerpo erguido, las gotas de saliva resbalándome por dentro de sus labios: suaves, dulces, leves y sin embargo salvajes redomados…

Ahora duerme, o finge que está dormida. Tendida sobre el camastro hirsuto que le han dejado estos cabrones. La observo, detalle tras detalle y veo que brilla (debe ser el cansancio, pienso. Pero ilumina la hojarasca debajo del colchón). Va desnuda bajo el chándal, lleva un cuerpo que le ajusta cada talla a la medida, parece que la hubieran hecho a mano, o que fuera celeste, pero un ser etéreo no puede atraparme entre sus piernas como la hecho Silvia. Definitivamente, río dentro de mí, es el cansancio, debería dormir un poco más y empezar a soñar menos.

Sin embargo no dejo de observarla mientras tiene los ojos cerrados, quiero aprender cada línea de su rostro y cada curva de su cuerpo, memorizar sus poros con las huellas de mis dedos para cuando ya no esté. Si pudiera elegir mi destino, si de verdad pudiéramos, probablemente elegiría contarle la verdad desde el primer momento. O mejor, no haberla traído tan cerca de mí.

Salgo de la habitación, me pongo la careta de humo una vez más. Este humo que cada vez es menos denso, que cubre menos dolores y peor las  agonías. Antes echo una última mirada hacia su espacio, tiembla, la cubro como si fuera mía, como si pudiera serlo de veras y estuviera protegiéndola del frío. Absurdo, nadie nos pertenece y nadie que no duerma a nuestro lado puede entibiarnos el culo a media madrugada… Vuelvo a perderme en sueños mientras la cubro: recuerdo que hacía tiempo –siempre sin saberlo-   esperaba alguien así, transparente, lúcida, sabedora de todas sus debilidades y por eso fuerte…

¡¡¡¡¡¡ Lukas !!!!! Gritan afuera las bestias y el grito petrifica mis ojos tras el humo para que yo despierte:  Despierto. Ella duerme, o sigue fingiendo que está dormida.

Capítulo 4

Tiene el pelo suave, delicado. Me gusta pasear mis dedos entre sus cabellos, enredándose y dándose como arena o agua limpia. Cuando era niño, me gustaba meter los dedos en la arena y crear autopistas imaginarias. Arrastraba los dedos a medias, es decir, metía la mitad de la mano bajo la arena y arrastraba curvas y caminos, imaginaba que rompía el tiempo, que mis dedos eran aire dentro de un reloj.

Siento la misma calma cuando le acario el pelo, empiezo por la frente y paso suaves los dedos una y otra vez por su melena quieta. Me doy cuenta de que es en ese instante cuando deseo que mis manos vuelvan a ser de aire y detener el tiempo…

Porque sé que se irá, debe irse.

Lo está pasando muy mal.

Ayer casi la mata una de las bestias.

Pobre Silvia, cuando llegué estaba perdida, pálida, vacía, tenía el cuerpo manchado de vómito y miseria. La mirada ausente, lejanísima. Me asusté tanto que perdí la careta, el humo y la piedra de mis ojos. La cogí entre mis brazos sin pensar demasiado, lavé todo su cuerpo, busqué de cualquier modo quitarle la fiebre y el subidón de heroína. Su cuerpecito blanco parecía desvanecerse entre mis brazos, la puse pronto sobre el colchón y la cubrí de nuevo con mi chaqueta. Odié más que nunca a Jon, míseroinfelizdemierda y no sé cuántas cosas más le habré gritado mientras lo sacudía violentamente. Tenía que hacer algo inmediato, y no fallar. Inyecté a los dos una contradosis, el cabrón de mierda respondió casi al instante. Mi niña parecía oscilar entre la pesadilla de estar muerta y la realidad de estar muriéndose de veras.  

Por fortuna es fuerte y está sana. Su cuerpo está resistiendo… Cuando volvió, como esperando respuestas que sobraban nos dijimos:

–       Te ha bajado la fiebre pero sigues teniendo algo. ¡¡En menudo lío te has metido tu sola!!. Hablé lo más suave que pude, pero ella entrecerró los ojos como si le gritara. Qué gusto me dio ver de nuevo su mirada oliva cuando le quité las vendas. Tuve ganas de abrazarla pero no me atreví. Ella sí, me envolvió como un náufrago.

–       ¿cómo has podido tener esa idea tan genial? Si no llego a llegar a tiempo… me he pegado un susto de muerte – le dije en un susurro- pensé que te perdía peque, Jon no habría dudado ni un instante en dejarte morir. Se quedó otra vez en blanco cuando le conté las risas de los del video club, luego esbozó una sonrisa, una mueca, como si algo dentro de sí volviera a su sitio. Estaba hecha polvo, se quedó dormida casi de inmediato cuando la acosté en el asiento trasero, le pinché una nueva dosis de antibiótico y la fui mirando de tanto en tanto mientras conducía, como para asegurarme de que seguía allí, de que ese día le habíamos dado la espalda a uno de nuestros adioses.

Pasaron muchas horas, tuve tiempo de pensar y no pensé demasiado. La tenía a mi lado, me estaba cegando sentirla tan cerca. Allí estaba, dormida y conmigo, había dormido bastante y eso era bueno, necesario. Se recuperaría en unos días más. La desperté para que comiera algo y para pedirle que me hablara, yo también estaba cansado y no quería conducir más. Comimos un poco, nos reímos jugando mientras le daba un beso con mayonesa o mostaza imaginaria. Le dije que se reía con la mirada y era cierto, la risa le iluminaba el rostro. Cuando le di el beso y la miré a los ojos, me habría bastado cualquier pretexto para   seguir por su cara hasta su cuello y de su cuello a su cintura un mar a nado… y me la habría  comido entera en ese instante. Te estás enamorando Lukas, me dijo mi razón, que había olvidado. Tampoco ahora le hice mucho caso.

Alquilamos una pequeña habitación en un hotel de carretera, sentía que empezaba a resfriarme, una ducha caliente me habría venido bien. Pero me metí en la cama y preferí entibiarme con su cuerpo a mi lado. Estaba cansado, molido como café sin tostar. Sentí un pezón que rozaba mi pecho y mi cansancio desapareció al momento. Tenía la polla tiesa, con ganas de batalla, sus dos pezones rozaban suavemente mi cintura y la sentía perderse bajo las sábanas, llevando los pezones por delante y la lengua detrás a cada instante, humedeció mi ombligo y más abajo balanceaba su pecho, frotándome… volví a sentir sus labios suaves y húmedos como nieve tibia, de un salto se puso sobre mí: acomodándose, dándose, dándome un mordisco al tiempo que iba abriendo lenta y cariñosamente las piernas, sentí cómo la punta de mi polla entraba en el lugar preciso, y sentí necesidad de cogerla por el culo y moverla, vaivén de seda, viene, va, se marcha, vuelve y se marcha una vez más: oscila: es un péndulo, no deja de moverse, lo disfruta, sus piernas me encarcelan, me llevan en un barco sin destino. Echa la cabeza hacia atrás y los pezones me apuntan dispuestos, yo los cojo, los beso, los lubrico, una mano en el culo y la otra incapaz de abarcar la firme seda de su piel de luna. La veo, sigo buscando inútilmente aprender de memoria cada espacio de su cuerpo, ella entrecierra los ojos y yo le pido, le suplico “No, no, no cierres tus ojos Silvia, mírame, me encantan tus ojos verdes, quiero mirarlos mientras me notas entrar dentro de ti”. Ella me mira entonces con la mirada plena, llena de gozo, es un volcán, estalla, oscila, controla todos los vaivenes, es una luna que se mueve libre sobre un océano oscuro… siento cómo se corre, cómo hierve cada espasmo por dentro, cómo pierde la consciencia y se rinde al orgasmo, tampoco me resisto, la cojo con decisión y la muevo con oleadas de mar embravecido, me encanta verla mientras me folla, mientras la follo, mientras follamos como si fuéramos los únicos habitantes de la tierra, estallo, hervimos, arqueo mi espalda y la levanto con mi polla dentro… Enmedio del gozo incontrolable, ella se acerca a mí, besa mi cuello, se acaricia los pechos mientras pasa su lengua sobre mi oído y musita mi nombre, su voz me transporta, cierro los ojos y veo su cuerpo mío… pequeña y dulce Silvia, le digo con el último aliento que me queda en la voz, estoy rendido, su voz se va haciendo más lejana, su piel me arropa, paso mis dedos sobre sus cabellos, tiene el pelo suave, delicado…

Capítulo 5

Ilusión. Se ha despertado con ilusión en los ojos. Si la sonrisa le ilumina el rostro, la ilusión acaricia su alma y no puede evitar soltarla a través de la mirada. Hoy está más hermosa que otros días, está mejor, más tranquila, también más cercana, tanto, que he olvidado mi careta de humo y me he puesto a prepararle el desayuno. Creo que en el fondo ese soy yo, un sentimental, acorazado, pero sentimental al fin.

Estaba a punto de preparar las frutas, el batido de chocolate, las galletas y el zumo de naranja cuando recordé que antes de los mimos estaban los malditos deberes: Llamé al Bosco. Su voz era más impaciente que una Maruja perdida en la última fila del carrefour. Le escuché unos minutos tratando de contenerme, pero el tío es más plasta que la Curri Valenzuela. Perdí los nervios y empecé a gritarle para ver si conseguía evitar tantas explicaciones y elegir un lugar neutro para el intercambio. Se calmó a medias, sólo porque sabía que lo que tengo le interesa más que la zorra que le comía la polla mientras hablaba conmigo.

Colgué con enfado y alivio el auricular, sentí las manos de Silvia en mi espalda y sus piernas desnudas acariciando las mías, quizá sin darse cuenta. Tiene otra vez esa mirada que transporta, me dejo llevar, la giro hacia mí, le cojo le cintura,   la beso en la frente como si hubiera un dios que nos protege, como si ni corriéramos peligro, como si la quisiera y me quisiera y especialmente como si no jugáramos en bandos contrarios.

Me despejo y vuelvo, le digo con tranquilidad lo que haremos esta tarde, trato de no dejar ningún detalle al margen, pero algo me dice que me estoy dejando lo más importante. No hago caso –otra vez-   a mi cabeza y la disfruto, la miro, está atenta, es un puma, un lince, un hermoso ejemplar de caza innato. Le explico que iremos a encontrarnos con el Bosco,   que tiene que estar guapa y que iremos con tiempo al centro comercial para que escoja algo, informal pero apropiado. -¿en qué estoy pensando, como si el Bosco mereciera la pena, alcanzo a vislumbrar que es para mí, que le estoy pidiendo que venga conmigo como si fuera mi mujer, mi amante, mi mejor compañera- Estoy pensando en esto cuando llegamos al centro comercial y me olvidó nuevamente de lo más importante, pero no me detengo a pensarlo de verdad. Algo me dice que debería hacer un esfuerzo por pensarlo, me abstraigo, su voz me regresa al aparcamiento: Sonríe, me pregunta –pícara, llena de vida- si bajamos o esperamos a que el gerente de Boss venga a recibirnos. Los dos reímos a carcajadas, ¡es un encanto de niña!  

Nos dividimos unos minutos, ella escoge lo suyo y yo lo mío, nos cambiamos de ropa, nos mostramos con las prendas nuevas. Está hermosa, es la ilusión de esta mañana pero ahora plena. Sí, está ilusionada, renovada, casi diría que enamorada. Pero me detengo, si pienso que está enamorada tendría que reconocer que yo también lo estoy. Hablo para no pensar:

–       Estás preciosa!

Sonríe, me mira como si en vez de reunirnos con el Bosco estuviéramos preparándonos para una tarde de novios. La tomo de la mano, le digo que es para guardar las apariencias, pero ella sabe que la llevo conmigo porque la siento cerca, porque al entrelazar nuestras manos le estoy pidiendo que se quede y entrelace su camino al mío…

Llegamos a la mesa, el Bosco y sus gorilas impasibles –creo que son mudos-   están recargados en la barra del bar, los saludo y justo en ese instante recupero la razón, pero ya es tarde. Ahora sé qué es lo que debía pensar con más cuidado, pero ya no puedo volver, ya la he traído conmigo y no precisamente a la función de las seis. Estoy con estos tipos -¿cómo se me pudo haber ocurrido esta estupidez?- ¿Y si el Bosco se altera y pasa de los aspavientos a las amenazas y de las amenazas a las armas. Estoy pensando todo esto y trato de calmarme, de pensar en dónde están las salidas más próximas, menos mal –pienso- que hemos dejado el coche aparcado justo frente al bar. Trato de aparentar tranquilidad y digo:

–       Paul me estás asustando a la chica y no va a querer venir más conmigo.

Pero el puto Bosco no me escucha y se pone de pie, las venas de la frente se pierden en sus cejas de sapo, vocifera:

–       No me gusta que me tomes el pelo Lukas, nunca he tenido sentido del humor y en la bolsa no hay lo que estaba acordado

– Baja el arma Paul, no seas estúpido, le digo al muy cabrón con más temor que ira, aunque es ira lo que sale de mi boca. Tenemos 2 minutos para irnos antes de que venga la policía, ya acordaremos condiciones en otro momento. Trato de controlarme, trato de pensar (¿en dónde diablos tenía la cabeza antes de traerla conmigo?, sólo a un idiota como yo se le ocurre mostrar la perla más preciada a un buitre desquiciado). Él no se tranquiliza, ella está asustada otra vez, tiembla, me mira, sé que me mira y yo lo miro a él, pienso cómo coño podría quitarle el arma sin que mi Silvia sufra ni un rasguño. Me mira, me mantiene la mirada y parece que comprende, entonces aparta el cañón y fija sus ojos de buitre putrefacto en una presa virgen:

– ¿Y si apunto a tu amiguita? ¿Acordaremos condiciones ahora mismo? ¿En dos minutos? Apunta hacia su frente, la observa, la recorre de abajo hacia arriba con esa mirada putrefacta que tienen los chulos cuando ven cualquier culo de mujer.

– Lukas… sollaza mi pequeña Silvia, me mira, sé que mira, yo no aparto la mirada de los ojos del Bosco. Piensa un poco Paul, intento, pero es inútil, está viéndola como en un burdel, como si fuera carne:

– ¡¡Baja el arma enseguida!! … ¡¡¡QUE BAJES LA PUTA PISTOLA!!! – grito muy nervioso tratando de ocultar mis miedos – Pedazo de cobarde, apúntame a mi, ella no tiene nada que ver en todo esto.

Pero él no lo entiende, la mira como si pudiera quitarle una prenda cada vez que la recorre con los ojos. Saliva, es un perro salivando y con ganas de quitarle la ropa, me mira de reojo y me susurra con menos desprecio que envidia:

– Estás perdiendo el tiempo Lukas y no has cumplido el trato. Se relame los dientes, no deja de mirarla el muy cabrón.

-No es nada personal contigo chica, ponte de pie… ¡¡QUE TE PONGAS DE PIE!!

Aterrada,  tiembla de miedo o de furia contenida. Se pone de pie, se deja hacer. Paul se acerca, le mira el culo con deseo, decide que puede apretarla un poco y se confía.

———————————

Habría que ser capaz de elegir cuándo enamorarnos. No ya de quién, sino al menos cuándo, no digo en dónde –o tal vez sí- pero sobre todo cuándo. No era un buen momento para jugar al amor, era el instante para jugar a follar, sólo follar. Polla al curry sin emociones ahumadas. Abrir sus piernas sin penetrar su corazón, mirarle sólo los pezones sin encontrar sus ojos, huir a esa mirada que todo lo transforma.  

Siempre es tarde para salir huyendo, crees que eres capaz de controlarlo, crees que puedes jugar a no entregarte, a darte a medias. Te engañas. ¿Tanto te gusta engañarte? La miras, la observas por detrás como si no estuvieras allí, como si ese que toma su cintura no fueras tú, como si al mirarla a los ojos no estuvieras perdiéndote más cada vez. Naufragas cada vez que cierras los ojos y la coges por el culo, más profundo, más dentro, la escuchas suspirar, te lo dice y tú entras, haces más profundo el dolor que vendrá. Lo sabes y no te importa, ¿no has sufrido suficiente Lukas? ¿de verdad no te importa? Quizá es sólo que resulta cierto el mito y tu polla gobierna el resto de tu cuerpo… y el suyo: línea tras línea delicado, curva tras curva inalcanzable; por mucho que te esfuerces no podrás alcanzarla, te lleva de ventaja la dulzura, la inocencia oculta tras la sonrisa franca. La ves desnuda y sabes que es ya tarde. La ves desnuda y su voz es el único faro en el naufragio. Por eso piensas que sería genial elegir cuándo enamorarte. No ya de quién, porque sabes que es ella, que no hay otra. Vuelve a ti Lukas, regresa y piensa: Es hermosa, tiene piernas de marfil al fuego, cintura exacta oquedad precisa, sus pechos son dos océanos de perla, duros como el día de mi muerte, tersos como una noche recién lavada por la lluvia. Su boca es un racimo de frutas desconocidas, llena de jugo, dulceembriagadora, sutilmente adictiva… ojalá fuera su voz un eco sin fin que me acompañara a todas partes y sus ojos el asesino en serie de mis miedos.

Tú también puedes enviar tu colaboración a [minah.stahl@gmail.com]

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